Frente a una fría lápida que marcaba el descanso definitivo de Jorge, el tiempo pareció doblarse sobre sí mismo. Dos miradas, separadas por los años pero unidas por el mismo dolor y la misma devoción, coincidieron en el silencio del cementerio. De un lado estaba el Leo del pasado, el muchacho introvertido de Rosario que guardaba en las piernas un talento gigantesco y en el pecho una mezcla de timidez e incertidumbre. Del otro, el Leo consagrado, el hombre de traje impecable que sostenía entre sus manos la copa de oro que un día pareció un sueño imposible. Entre los dos no hicieron falta muchas palabras. Bastaba mirar la lápida para escuchar de nuevo el eco de la voz de Jorge, aquel hombre que no solo fue padre, sino el primer creyente. Recordaron los días en que nadie más apostaba por un niño que necesitaba tratamientos especiales; cuando los obstáculos económicos y de salud parecían una muralla insuperable, fue Jorge quien tomó su mano, empacó las ilusiones en una maleta y cruzó ...